Bendita infancia

 


“¿Está 'la Mari'? ¿Está 'la Irene'? ¿Está 'la Magdalena'? ¿Está 'la Antonia Mari'?”. Sin lugar a dudas, esta es la pregunta que más hice durante mi infancia en el pueblo y es que era la que pronunciaba cuando iba a casa de alguna amiga para saber si estaba. Era la pregunta más mágica que yo y todos los de mi generación teníamos en aquel momento. Y es que si la respuesta que obteníamos era un sí, se nos abrían las puertas de una tarde inolvidable llena de juegos, de risas, de carreras...

Nuestros padres nos daban la libertad, siempre vigilantes eso sí, de ir hasta el hogar de nuestros compañeros inseparables en aquel momento y disfrutar a su lado de instantes únicos. Instantes en los que nos divertíamos, en los que creábamos nuestro pequeño mundo, en los que nos sentíamos independientes y en los que lo único que realmente nos importaba era jugar sin descanso.

En el interior de las casas, cuando eran grandes, nos metíamos en la piel de los adultos para convertirnos en mamás o directamente nos pasábamos horas con algún juego de mesa, haciendo trampas en más de una ocasión. Pero en esa infancia valorábamos especialmente que los hogares de nuestros amigos fueran pequeños o que sus familiares vieran peligrar la integridad de sus decoraciones, porque eso suponía que sus padres y madres nos mandaban a la calle a jugar. Y eso era lo mejor.

A la lata, al truco, al pañuelo, a policía y a ladrones, a palma-pico-zurro, a mate, al escondite...La imaginación no permitía que nos aburriéramos. Jugábamos a todo, nos volvíamos locos corriendo de un lado para otro, de pronto descubríamos que habían aparecido más niños por sorpresa, como surgen los espárragos en el campo, y todos nos divertíamos hasta que llegaba la hora de irnos y escuchábamos a nuestras madres: “Venga, para casa”. Aunque esta frase, a veces, se convertía en un: “Cada mochuelo, a su olivo”.

Estas tardes eran el pequeño gran placer de la vida que teníamos en la infancia y nos hacían sentir vivos. Tanto que queríamos quedarnos así para siempre, siendo niños eternos como Peter Pan.

Lamentablemente, ese sueño era un imposible. Pero lo que sí es posible, y hemos descubierto con el paso de los años, es que esos instantes mágicos se guardaron para siempre en nuestro corazón y en nuestra mente para recordarnos lo felices que fuimos. Sí, porque cada vez que pensamos en ellos se nos esboza una sonrisa en la cara.

En mi caso, los momentos de diversión más especiales que guardo de esa etapa son las risas con mis amigas jugando a cualquier cosa en mi calle o en la suya, las tardes con la nieta de mis vecinos pasteleros en las que su abuelo nos daba chocolate mientras tocaba el acordeón o los atardeceres con mi prima mayor y sus amigos, sentados en el suelo de la calle, contando historias de miedo, que hoy me darían risa.

Pero tampoco olvido cuando 'discutíamos' con mis amigos por elegir muñeco para convertirnos en mamás, la construcción del coche improvisado que hacíamos con mis primos para viajar en familia aprovisionándonos de patatas fritas del bar de mi tía, cuando alguna vecina salía a reñirnos porque le molestaba que jugáramos en la puerta de su casa o a uno de mis primos intentando coger salamanquesas.

Y, por supuesto, también guardo con gran amor cuando jugaba con mi hermana pequeña a las vecinas y, después de pasarnos media hora organizando nuestras casas, estábamos cansadas y decidíamos entretenernos con otra cosa ¿Cómo cuál? Pues convirtiendo la habitación de nuestros padres en una improvisada discoteca, donde las luces las hacíamos con una linterna y la tarima de baile era una manta que colocábamos en el suelo.

Bendita y hermosa infancia. Éramos felices con tan poco...